ª Pranayama's profilePrefiero morir de pie, q...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
Cárceles de bosques y encantos - Parte IPor mis campos caminas extraña, eterea, escondiendote perseguida luchada en incomprensiones. Viaja tu voz elegías en lamentos de oscuridad Brillas, en reflejos de esperanza Triste mirar, melancolía víctima aún de lejana alegría. La niebla , fiel compañera motor de cuestiones defensa no vencida protectora impotente destino cruel, lágrimas en lluvia elongando el trámite final. Noche de luna llena Cascadas boreales El reflejo indirecto La ventana a tu presencia Parpadeante tus imagenes Acaso una curva, en lineal transcurso Tiempo, una ley tal vez corruptible Embriagable, luces de estrellas total armonía en espera del desastre Cruzamos miradas, vientos de esperanza Y desapareces, encantada en mil preguntas Mias, las noches, ahora tambien tuyas en respuesta al albor no deseado o tal vez encantado, en nuestro maleficio, sin identidad verdadera. Tus cabellos se vuelven hojas en su caída, y tus elegías ahora son viento gélido, fresco asfixiante en deseo, tus ojos ahora son del eterno Y reflejan en lagos y afluentes En arrollos de chocante contradicción Serena la noche otrora, presente, mil flores en oscuridad beviendo del rocío-melancolía devolviendo tu perfume aunciando tu fortaleza entre tanta escatologica realidad. Fugas, fugo sintiendote cerca, en tu trasparencia Sin la seguridad de mi magia en tu mirar Tan solo espejos rotos tan solo efímeras quimeras que me hacen ser parte del hechizo, escrito en cada árbol, en cada sendero, profetizado, vetustas oralidades reconocerte aún presente ciencia del perdido sentimiento Sangre hirviente tras nuestros fríos pensares. El paraíso no está perdido, sino olvidado (segunda parte) - Facundo CabralAléjate
de la política y de la economía, que te distraen de la vida, de la
verdadera vida, la esencial (decía mi madre que por no animarnos a
vivir el mundo natural, inventamos uno artificial donde nos envenenamos
unos a otros porque no tenemos el valor necesario para vivir). Una reforma trae otra reforma, y así vas de conflicto en conflicto económico y político hasta enfermarte psicològicamente. Decía Krishnamurti: Las revoluciones políticas, económicas y sociales no son la respuesta porque han producido tiranias espantosas o la mera transferencia de poder y autoridad a manos de un grupo diferente. Tales revoluciones jamás son la salida para nuestra confusión, para el mundo en que vivimos. Tarde o temprano, tu mente deberá transformarse para armonizar con el Universo, que es el protagonista, transformación que se verá favorecida si fuiste educado sin prejuicios, abierto para tener conciencia de la totalidad, para sospecharla y la que te ayudará a dar el salto. Esta revolución sólo puede suceder en la totalidad de la mente, no sólo en el pensamiento, que es sólo un resultado (la mayoría sigue distraída con el efecto, de espaldas a la causa). No te sientes ahí porque la buena energía esta aquí, me dijo Luciano el Yaqui, que noche a noche buscaba el lugar saludable para descansar porque la energía está en constante movimiento, por eso no se le puede buscar en el mismo lugar, a veces se mueve tanto que hasta hay que cambiar de país, salvo que uno esté tan pleno que sea el generador de la buena energía que necesita, a veces tanto que llega y beneficia a los que lo rodean, como Jesús, como la Madre Teresa, como el Sai Baba. Busca a los individuos, que son lo mejor de la Humanidad, lo más saludable, los individuos que siempre fueron considerados locos por la mesa, por la mayoría amorfa, que los creía, y los cree, locos porque son felices, fácil, naturalmente felices, porque no los turba ni la ambición ni la ansiedad, porque no se preocupan por tonterías, porque cantan y bailan y ríen porque sí, porque se dan cuenta que están vivos, porque no le tienen miedo a la muerte, es más, ni siquiera creen en el allá, porque sólo viven el momento, y con intensidad, y esto, por supuesto enoja a los muchos, a los que no les gusta que alguién haya logrado lo que ellos no pueden lograr, es más, es tanto el miedo al cambio que ni siquiera lo intentan, por eso quieren hacerle creer al libre al que creen loco que es miserable, un desdichado, por eso quieren devolverlo al rebaño que odian. En esta sociedad sólo los locos son felices, los que están enamorados de las flores, los que hablan con las palomas, los que viven poeticamente, es decir con belleza, libertad y alegría, son tan felices que ni siquiera critican a los cuerdos, que están tan enfermos que defienden su desdicha y su aburrimiento. Acepta que sólo te acepten como loco, eso quiere decir que ya no volverán a molestarte. La vida no es un problema, es un misterio, un excitante misterio, mucho más que una filosofía, a la vida no hay que explicarla (esfuerzo inútil) sino vivirla, es decir gozarla si uno es valiente, a la vida no se la puede apresar con conceptos, no es una escuela, es todas las escuelas, fundamentalmente las que ni siquiera sospechamos. Eres el primer hombre en la Tierra porque para ti el Universo comienza contigo, como comienza con cualquiera que se da cuenta, eres Eva, eres Adán, eres nuevo y todo es nuevo para ti, es decir que tienes todas las posibilidades, y eres vulnerable, y cuanto más vulnerable, más accesible. No te cierres con tus prejuicios, no levantes un muro con tus actitudes, debes estar abierto para recibir las constantes propuestas de la vida, y no esperes que coincida con tu religión, con tu etnia, con tu filosofía, cadáveres malolientes que te pudren y pudren a tu entorno, como viene sucediendo hace siglos con la mayoría, duro escollo, bullicioso estorbo para el individuo. Cada grupo está encadenado a su mezquina y homicida, tradición, por eso los hombres nunca se encuentran con los hombres del mundo, que es el único país, porque la vida es totalidad, no fragmentos, por eso vives todo y no vives nada. Busca tu lugar, inventalo, no tienes que suicidarte tratando de encajar en el que los demás construyeron antes de tí, busca tu voz, es imposible cantar con la voz de otro, y cuando te encuentres te encontrarás con todos, entonces se multiplicará tu fiesta y, por lo tanto, tu riqueza (la sociedad está hecha para el hombre medio, dice Osho, y el hombre medio no existe, es una ficción, por lo tanto la sociedad es una ficción, una sombría ficción, por eso estos hombres irreales no pueden dirigir a los hombres reales). No pierdas la vida con ideologías, ni credos, ni nacionalismos que te separan de la vida y te acercan a la muerte, no te pierdas al infinito valle de la vida por aceptar el encierro en una caja, sombría, pobre y pestilente, sálvate de las definiciones porque la vida es movimiento, por lo tanto no hay nada definitivo, no confundas al rincón en el que vives con la totalidad, sal a vivir y comprobarás que te mintieron los sacerdotes que heredaste de tus abuelos cuando te dijeron que la vida es un valle de lágrimas, sólo tú puedes decidir que tu vida sea miserable y desdichada, no es decreto del Universo del que eres parte (es tanto lo que nos propone la vida que hay que hacer más esfuerzo para seguir siendo pobre y desdichado que para alcanzar la riqueza y la alegría). Abre tu cabeza, tus ojos y tu corazón y entrégate a la vida con inocencia, no seas astuto (no tienes que ganarle a nadie, no tienes que defenderte de nadie), se audaz y comprobarás que ningún abismo es suficiente para matar a un hombre. No decides sin haber experimentado, no te niegues a la fiesta que no conoces, y recuerda que la vida no se va a adaptar a tus preferencias, no se achicará para conformarte. Que tus sentidos sean puertas a la vida, no guardianes que le impidan el paso (la mayoría excluye o escapa de lo que no está de acuerdo con sus principios, lo que no encaja en sus costumbres, por eso le queda muy poco por vivir pues rechaza casi todo lo que le llega). Entra sin preconceptos al maravilloso baile de la vida, canta sin miedo su canción y aparecerán todos los que quieren compartir la vida contigo: negros, blancos, amarillos, judíos, musulmanes, cristianos y ateos, ricos y pobres, de todas maneras, la vida te invadirá constantemente, no tienes escapatoria porque le perteneces, eres parte de ella, por lo tanto, aunque sepas, aunque no te des cuenta, te está moviendo con sus estrellas y sus ríos, estás madurando con sus frutas y sus árboles, estás viendo desde arriba con sus pájaros y desde abajo con sus hormigas. La vida es tan rica que no hacen falta planes, es tan sorpresiva que se puede esperar sin ansiedad, sin expectativas, porque siempre tiene más de lo que imaginas, entonces no intentes, inocentemente, empobrecerla, empequeñecerla con estructuras, con dogmas. Cuando le abras tu mente y tu corazón, cuando dejes que lleve a tu cuerpo adonde quiera, tendrás una experiencia cósmica en cada acto, vivenciarás tu universalidad, es decir tu riqueza infinita porque la existencia es un todo, el Universo es una unidad orgánica, la más pequeña flor es tan importante como la galaxia más grande (por eso cuando arrancas una flor seguramente se mueve una estrella), lo que quiere decir que lo más pequeño es parte de lo más grande, te empobreces al dividir con tu cabeza dividida, fragmentas con tus definiciones arbitrarias, que te hacen perder el rastro de la vida, que es tota-lidad, el infinito sabor de sus misterios. Tienes actitudes, y esa es la causa de tus angustias (jamás podrás comprender la vida desde un sólo punto de vista), tu ilusoria posición te empobrece, tu ideología es, a lo sumo, una dimensión, y la vida es multidimensional. Debes aprender del agua, debes aprender a disolverte, a tomar la forma de lo que te abriga, debes aprender a fundirte con el todo pero tranquilamente porque no hay nada que resolver, la vida no es un problema, es un misterio, un hermoso, un maravilloso misterio, la vida es el mejor de los vinos, bébela, embriagate con ella! (Este libro es un juego que jugamos juntos, como la vida, no olvides que para Dios siempre somos niños, por eso es poco serio tomarse en serio. Ahora sírvete un vino, si es posible chileno, y sigue leyendo, si es posible descalzo). No tomes con tanta seriedad a lo social, son fugas para no ocuparnos de nosotros mismos, que es nuestro compromiso con la vida, del hombre que Dios nos puso a cargo para que lo llevemos hasta la plenitud (si cada uno cuidara su árbol, el bosque sería maravilloso). Vive para lo que amas, es decir para el sí, sálvate del no, cuando dices no a algo le dices no a todo porque vivimos de instante en instante, y cada instante es totalidad, por eso estar en lo que no te gustá es atrasar la Humanidad y complicar el Universo. No te atrincheres detrás de las fórmulas, no seas, como tu vecino, un boceto de cadáver, que no te mate, como a él, el odio oculto en el fondo del amor, ese tedio amordazado que es la familia, sálvate del espantoso sol del odio, que quema todo en la ciudad, apaga para siempre el televisor porque por la televisión ya no hay secretos porque ilumina tanto que siempre parece de día, y sin el descanso del secreto ningún hombre digno puede vivir (es un suicidio vivir expuesto todo el tiempo), hasta las habitaciones están iluminadas, ya no las refresca ni la refrigeración, nadie puede estar solo con nadie. Los peatones andan como sonámbulos (es imposible dormir) y los automovilistas quieren matar a cualquiera en la ruidosa noche blanca (muchos se suicidan para no seguir viendo luz, cansados de que no los deje en paz con ellos mismos). Los amantes no saben donde meterse y los murciélagos explotan de tanto dormir. Tanta claridad seca todo, desde las flores de los jardines al campo de los trigales, desde el sexo a las ideas, por eso gobiernan los que no tienen ideas. Esta sequia enciende a la sangre, por eso tanta violencia en la ciudad, que es una tumba, por eso tanto olor a muerto. La ciudad no tiene compasión, hasta oscurece de golpe, en la ciudad los hombres no tienen destino porque la ciudad no tiene astros, que son los que rigen nuestras vidas, por eso Sylvia se fue al país de las semillas, donde los charcos son fuentes llenas de tesoros. En los mediodías de las ciudades vive la furia y en sus madrugadas la desesperación (los domingos, la ciudad descansa de sus crímenes como de una borrachera). En este viaje de la cuna a la tumba vienes conmigo porque yo te continuo y tu me continuas porque, como diría Whitman, tú y yo somos la misma cosa, parte del mismo cuerpo, de la misma maravilla que llamamos Dios, entonces el único enemigo a vencer es el miedo, que nos impide juntarnos, algo que nos tranquilizaría y enriquecería a todos, por eso debemos terminar con las calificaciones que nos enfrentan, nos embrutecen y nos empobrecen: bueno y malo, rico y pobre, negro y blanco, creyente y ateo, debemos borrar la memoria, sacar de ella lo que nos enseñaron para empezar de nuevo con una cabeza más universal. Me gustan los desobedientes, que agitan, que cambian, que mejoran todo al desencadenar todo. Los obedientes cuidan lo que fue, es decir lo muerto, y los desobedientes trabajan por lo que será, por eso me gustan los desobedientes como Mois´rs, Juan Bautista, Jesús, Freud, Lutero, San Francisco, Gandhi, el Che Guevara, Eva Perón, Picasso, Cézanne, Stravinsky, Piazzola, me gustan los desobedientes que viven en el movimiento, en el cambio permanente que es la vida. Mete al mundo en un libro (dividido en muchos) para compartirlo contigo, para que lo tengas en tu casa por si en algún momento se te ocurre conversar con Borges o con el Dalai Lama, para que puedas nadar en el Mar Rojo o correr con Rimbaud en la cabeza por la campiña francesa o por la Patagonia del Martin Fierro, para que goces con Arthur Rubinstein o para que sientas el olor de las frutas mexicanas o para que bailes con Pérez Prado. Bebo de todas las maneras del arte, sazonadas con el espectáculo popular, es decir el music hall de los teatros y las piruetas del cabaret, de la calle y los mercados (de los primeros cantores populares que escuché, pensé: El hombre que canta estas cosas no puede morir jamás), y a todas estas manifestaciones las encuentro, juntas, en el cine, desde Chaplin a Elias Kazán, desde Buñuel a Fellini, desde Coppola a Kurasawa, desde Groucho Marx a Woody Allen. Bajando por las escaleras de la vida, que hasta hace poco subí, me tropiezo, me enredo con la muerte, que es sólo una ilusión, la más grande, pero una ilusión más (en algunas madrugadas me adelanta sus fantasmas). Ahora mismo recuerdo a Babel, el trapecista que parecía volar en aquella deliciosa noche del verano de Venecia, el que después, en Firenze se cayó sólo para tener un buen pretexto para dedicarse a enseñar maravillas (casi milagros) a los equilibristas jóvenes del Circo de Moscú y del Barnum, con el que me cruzo ahora mismo en México, antes de volar a San Juan de Puerto Rico, paraíso donde daré cuatro conciertos. Los artistas, aún con harapos, siempre huelen a victoria, siempre parecen desprendimientos de la danza de los astros, siempre son reflejos divertidos de la vida. Cada vez que abro un libro se me iluminan los rincones más oscuros, me siento grato, bellamente poseído (nunca tanto como por Marquerite Yourcenar), como al cerrarlo vuelvo a entrar al campo de concentración que llamamos sentido común, que para Borges era el más común de los sentidos, pero con los años aprendí a escaparme de él rápidamente, de la multitud retrógrada que lo posibilita y sus políticos, que son la mismísima decadencia, el más bullicioso de los suicidios (ahora mismo acabo de escapar de un gobernador, tan falto de ideas que me las quiere comprar todas). Pienso en Baxter Keaton, como pensé en aquel viejo barco de carga detenido para siempre en el Bósforo, para aliviar un poco al Gombrowicz que traigo hace unos días en la primera línea de la memoria, que se suma al recuerdo que traía aquella poetisa romana que en 1974 seguía viviendo en el Renacimiento (mis amigos italianos insisten en que era un trasvesti, lo que no cambia demasiado las cosas), que amaba a Marguerite como yo, que muchas veces recordaba unos versos de Benville donde un payaso se iba al Cielo, excitado aún mas por un dibujo de Degas (esto mismo estaba pensado en aquel bar de Ancara, donde por primera vez me enamoré de la sombra de una mujer sobre un tapiz, que volví a encontrar en una casa de Uruapan, en el Michoacan mexicano, el de los queridos tarascos que me tejieron un poncho para que me protegiera de los blancos). En la memoria vuelvo a pasear por el viejo cementerio del Cerámico, entre sus tumbas abandonadas entre la hierba lamentable (Lord Byron llegaba por allí en tranvía y Henry Miller en bicicleta), tan lamentable como las viejas que curioseaban mi futuro en la palma de la mano y al final del café turco, en noches tan calientes como vacías. Recuerdo las salidas de sol en el Partenón, sombrío sólo para los despistados, más lejanos hoy para mí que los dioses que buscaba con Francine, que estaba criando a Jean Pierre para la inteligencia (recuerdo a Rubinstein llorando sobre las teclas del piano, emocionado porque había cumplido su sueño de llevar a Chopin a la tierra de los dioses, tal vez por eso entre el mar y yo siempre está Atenas). Todas estas cosas, tan queridas, se juntan con Sylvia en mi cabeza, y si digo Sylvia digo Lacán, que habla confusamente, como no queriendo que lo entendieran (eso pasaba con Piazzola, que recién al final supo que quería quedarse solo). Tal vez para salvarme de esas oscuridades escribo discretamente, casi fotográficamente como las historietas que me agilizaron casi tanto como los programas de la television, que siempre me fue propicia, aunque no tanto como para enamorarme de ella (que pena ver a semejante medio en manos de los mediocres, de los cursis, de los complacientes, siervos de la multitud ciega y sorda, adormecida por el miedo que aprovechan los políticos, los dictadores y los mercaderes, que le conocen mejor que nadie el aburrimiento). Me recuerda Marguerite que los cadáveres de los judíos van en peregrinación a Josafat (en Egipto, Hermes sigue siendo el pastor de las almas), pero aquí me distraen las nalgas de las portorriqueñas, saladas hasta el éxtasis por el mar, por la manera más política del mar: el Caribe (Marguerite sigue esquivando a los perros del miedo y a los lobos de la venganza). En Puerto Rico se siente el abrazo del mar, por eso los muertos buenos quieren quedarse en la isla, sospechan que el Cielo no puede ser mejor que esto. Los norteamericanos llegan muy tarde a la fiesta, ya ni el Caribe les calma el aburrimiento, vivieron al revés, terminan cansados, donde debieron comenzar, es decir por lo esencial. Robert de Niro hace un desastre en el Casino y Joan llama con el violoncello a los pocos que se dieron cuenta (está en todas partes porque la encuentro en todas partes, desde Bersheba a New York, es más, creo que la manda Dios a controlarme). Es tanta la paz que me envuelva a la puesta del sol entre los peces azules y el cielo anaranjado que siento que ya estoy del otro lado de la vida. (Deja el Rolex y camina tranquilo, en el reloj de Dios siempre es la hora cero). Me llamo María pero me dicen Magdalena, me dice al oído en la barra del Caribe Hilton, porque mi pueblo se llama Magdala, donde dicen que alguna vez tuvimos viñas, y es posible porque me recuerdo niña entre trabajadores, tan rústicos como sinceros, tanto que parecían los únicos en decir la verdad, hasta mirar tan verdaderamente que sentía que me lamían con la mirada (ahora mismo siento ese abrazo múltiple que, sigo creyendo, es el verdadero amor, como si sólo ellos se dieran cuenta que me sentía la fruta prometida, los vuelvo a sentir como mangueras frente al incendio). Siempre me sentí una fiera maniatada por la familia, culpable de ser la única que sentía toda la vida, a la vida entera (yo no tenía la culpa de ser la casa adonde llegaban todas la palomas con todas las noticias). Sobraban los panes y el vino tanto como el miedo, no sólo al César sino a todo lo que brillaba como las monedas que lo imponían aún más repitiéndolo. Sin saber porqué, yo estaba prometida a Juan, por eso a todo lo mío lo marcaban con su nombre, desde mucho antes de sentarnos al borde de la fuente y debajo de las palmeras para sentenciarnos a felicidad eterna, la mayor de las imprudencias del miedo. Juan era bueno, pero eso no es suficiente, Juan era un ángel, pero eso es excitante para los niños, no para las mujeres, Juan escapaba de la música de las flautas tristes que excitaban a las mujeres alegres en las tabernas donde me deseaban todos los romanos, principalmente aquel centurión que olía a la gloria más violenta, que era la promesa de la noche más salvaje, el único capaz de calmarme por un rato largo. Juan ni siquiera se daba cuenta de las criadas, era tan inocente que yo me sentía una pecadora, era un solitario que sólo podía buscar a Dios, por eso era tan inapresable como invisible, por eso no me sirvió ni el perfume para excitar a los ladrones, al final se lo llevó un dios que yo creí un vagabundo, alguien capaz de hacerte cambiar de rumbo con sólo una mirada. Los niños fueron los primeros en tirarme piedras cuando me vieron, al amanecer, en los brazos del teniente romano donde pude desahogar mi rabia. Después comenzó la caída, irremediable, hasta el punto de conocer un dolor nuevo a cada nueva caricia, uno y otro remodelándome para el Infierno. Fui despreciada, deseada y envidiada cuando algún principal me cubría de pieles lejanas y joyas inalcanzables para casi todos, hasta aprendí la hipocresía de gobernadores y sacerdotes, todas estas basuras hasta que me choqué con él en una callejuela de Jerusalén, cuando todos me querían muerta a pedradas. Las brillantes hormigas me hacen sentir la bella sensación de caminar entre las estrellas, de andar por el Cielo detrás del que me llamó tres veces, el que viajaba en el lugar más incómodo, el reservado a los vagabundos, a los prófugos, a los soldados de vacaciones y a los profetas. Estaba tan desgastado que los ojos eran lo único que le brillaba, es decir lo único que le quedaba del Cielo del que venía. Jesús era un Dios fuera de la ley, tanto que me lo imagino escapando de la Trinidad, asombrada al otro día de ser sólo dos, me lo imagino cambiando de infierno a cada día (alguna vez lo acompañé del Bronx a Harlem, de la Plata a Berisso, de Madrid a Valencia en el viernes de los suicidios), me lo imagino entre ladrones y prostitutas, entre hombres de negocios y ministros, me lo imagino atenuando la violencia de los policías, me lo sigo imaginando perteneciendo a todos, espantoso destino. Cuando me tocó, ya era un cadáver porque su mano estaba tan fría como la moral donde se esconden los cobardes, entonces cambié de esclavitud, es decir dejé de ser una pecadora para comenzar a ser una sierva más del irresistible, es decir caí en la peor de las perversiones, que es la inhumana pureza, es decir comencé a pasar las noches en blanco, entre temblores y lágrimas, tirada entre los corderos que llamamos apóstoles, enamorada como ellos del pastor, tan desamparado que sólo se le podía ver como lo vio Juan, es decir como un Dios. (Yo escribo porque tú me lees, y tú lees, porque yo busco). Todos los días enfrento una verdad a otra más luminosa, que será opacada por la de mañana. Nada más hermoso que el pensamiento puro, por eso Sócrates despreciaba el lujo y la magnificencia de los palacios y los templos, por eso enseñaba a los jóvenes a confiar solamente en la propia alma. De Sócrates hablábamos mucho con Borges, que al final estaba cansado de tantos años de cordura, por eso comenzó a jugar con los periodistas, tan marginados de la locura creativa y liberadora como los políticos (seguramente, lo único que le preocupaba al morir era la eternidad, a la que seguramente le retorció el cuello porque le aterraba la idea de ser Borges para siempre, me gustaría ser algo más divertido, decía, por ejemplo Macedonio Fernández, al que admiraba tanto que llegó a decir que si Macedonio no hubiera nacido, él no habría conocido a la envidia). Después habré comprobado lo que comprobaré: la Muerte es enfriarse, eso es todo, algo tan trivial y simple como calentarse. (Los amantes tejen en la oscuridad, tejen la red de la vida, la hamaca donde se balanceará para esparcir sus maravillas aquí y allá, de ida y de vuelta). El intelecto sigue provocando amores abstractos que se materializarán en los que me lean o escuchen para confirmar que el arte genera vida (yo nací por un artista, Chagall, y por el vagabundo Simón, que vivía con arte). Poetizo sanguíneamente todo para poder transmitir lo más ampliamente posible cada emoción, cada uno de los fervores que me mantienen vivo en la primera línea del campo de batalla. Los fuegos que encendí me encendieron, y caminando sobre mis propias cenizas, llegué a Dios. (La sociedad es un baile de máscaras donde esperamos que salga el sol). Lee todo el texto aquí: http://www.geocities.com/vidanova_facundo_1/mypage |
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